lunes, 18 de enero de 2016

No hay espacio para ser...



Nos volvemos impasibles. Los obstáculos propios y ajenos, quedan sumidos en un análisis hipermeticuloso del como hemos de reaccionar en la situación, decir en consecuencia y siempre buscando ir dos pasos por delante del juicio que harán las gentes que nos rodean.

No podemos llorar, no se nos permite llorar, no sabemos llorar, no sabemos cuando llorar.

Hemos matado la naturalidad con la que esto sucedía. Antes, llorar era un acto impulsivo de sinceridad, pocas veces usado en engaño o mentira. Ahora, nos engañamos creyendo que lloramos por algo.

“Por tristeza lloré y se me burló
por alegría lloré y se me burló
por impotencia lloré y se me burló
por amor lloré y se me burló
por muerte lloré y se me perdió...”

- Escrito por un chico en 2001 -


Ya no somos seres sociables que luchan por sobrevivir ante la naturaleza - hace siglos que no, ahora lo hacemos contra ella - somos seres que han planteado un tablero de juego al que definen como "Vida". Y no hacemos más que jugar con las “interacciones sociales”, buscando ventajas que nos permitan ser/actuar/manipular/
tergiversar/destruir/.../definir como un activo intelectual mejor a lo que nos rodea. Por ego, ya sea de forma pública o privada, si no hemos recurrido ya a la fuerza para obtener lo deseado. Pero el mundo cambia, más bien, cambiamos, y forzamos a este a cambiar con nosotros. Y “llorar” se convierte cada vez más en un privilegio que dejas de lado, para cuando estás a solas, para cuando tienes a alguien de confianza, para cualquier momento en el que no te puedan hacer sentir imbécil, sin derecho a ello...

Pero ya es tarde, pues ya te has cuestionado si esas lágrimas valdrán algo. Lo valen, valen un sentimiento, es más, igual esas lágrimas, muestran que tu sentimiento es de verdad.

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